Escrito por: David Flores M.
No Fue Violencia Física, fue Violencia Sexual!
Cuando un hecho de presunta violencia sexual ocurre dentro de una institución educativa, la sociedad busca respuestas inmediatas y es comprensible que las reacciones también causen indignación, frustración y nuestra parte límbica hace que reaccionemos con más emoción. Pero, desde la psicología clínica y la salud mental social, necesitamos formular una pregunta más profunda:
«¿Qué estamos haciendo como sociedad para prevenir que la violencia llegue hasta este punto?»
El caso de la agresión sexual denunciada en el Liceo Naval Almirante Guise, en Lima, ha generado preocupación entre familias, estudiantes, docentes y autoridades de todos los centros educativos.
La investigación continúa y corresponde a las autoridades determinar las responsabilidades individuales. Por ello, este artículo no pretende establecer culpabilidades ni realizar diagnósticos psicológicos sobre ninguno de los adolescentes involucrados ya que no podemos etiquetar o diagnosticar irresponsablemente sin realizar evaluaciones a cada involucrado en el caso, no podemos decir que tal es un psicópata o que el otro es un sociópata, etc.
Pero sí podemos aprovechar este caso para reflexionar sobre algo que trasciende a una institución educativa específica:
¿Estamos preparando adecuadamente a nuestros niños y adolescentes para reconocer los límites, respetar al otro, manejar la presión de grupo, pedir ayuda y detener situaciones de violencia?
La respuesta requiere mirar más allá del castigo.
Requiere hablar de salud mental, educación emocional, convivencia escolar, sexualidad, consentimiento, violencia entre pares, familia y responsabilidad institucional. ¿Qué están haciendo los padres y cómo están educando en valores hoy a sus hijos?
El problema no comienza necesariamente con una agresión sexual
Cuando una situación extrema llega a los medios de comunicación, es natural preguntarnos cómo pudo ocurrir. El caso fue la gota que desbordó el vaso que estuvo lleno de Bullying, agresión física, psicológica, sexual, drogas, etc.
Sin embargo, desde la psicología clínica sabemos que las conductas violentas pueden desarrollarse dentro de un contexto previo de aprendizaje y normalización de determinados comportamientos.
Eso NO significa que exista una única causa.
Tampoco significa que podamos explicar la conducta de una persona simplemente diciendo que tuvo una determinada crianza, que pertenece a determinado colegio o que presenta un determinado trastorno psicológico.
No corresponde diagnosticar a distancia, no es ético ni responsable.
Lo que sí podemos hacer es estudiar los factores que pueden aumentar el riesgo de violencia dentro de un grupo:
- Normalización de las burlas y humillaciones;
- Bullying o acoso persistente;
- Presión de pares;
- Necesidad intensa de pertenecer al grupo;
- Dificultades para establecer límites;
- Modelos de masculinidad basados en dominación;
- Falta de educación sobre consentimiento;
- Dificultades para manejar frustración, ira o impulsividad;
- Silenciamiento de quienes observan;
- Miedo a denunciar;
- Ausencia de canales de ayuda percibidos como seguros; y
- Respuestas tardías frente a señales de alerta.
Estos factores NO explican por sí solos el caso del Liceo Naval.
Pero sí representan áreas que cualquier programa serio de prevención de violencia escolar debería trabajar, desde la autoridad mayor del ejecutivo, las autoridades escolares, docentes y familias.
Adolescencia, grupo y presión social: cuando pertenecer puede convertirse en un riesgo
- La adolescencia es una etapa de profundo desarrollo psicológico y social.
- Durante estos años aumenta la importancia de la aceptación de los pares y de la pertenencia al grupo.
- ¿Existe un acompañamiento emocional y afectivo real en casa, o estamos dejando a nuestros hijos cada vez más solos? En muchos hogares, las exigencias laborales, las responsabilidades cotidianas y las propias necesidades personales de los adultos pueden reducir significativamente el tiempo de calidad con los hijos. El problema no es que los padres trabajen, hagan ejercicio o tengan espacios propios; el verdadero riesgo aparece cuando la presencia física y emocional de los adultos se vuelve insuficiente para escuchar, orientar, poner límites y acompañar el desarrollo de sus hijos.
- El adolescente está construyendo identidad y preguntándose:
¿Quién soy?
¿Cómo me ven los demás?
¿Dónde pertenezco?
¿Qué tengo que hacer para ser aceptado?
En determinadas circunstancias, esa necesidad de pertenecer puede facilitar comportamientos de conformidad grupal.
Un adolescente puede hacer algo que individualmente no habría hecho porque:
“Todos lo están haciendo.”
Otro puede observarlo y no intervenir porque:
“No quiero meterme en problemas.”
Y otro puede guardar silencio porque:
“Si hablo, después irán contra mí.”
Aquí aparece un concepto fundamental de la psicología social:
La responsabilidad colectiva también importa.
La prevención no debe enseñar solamente a los adolescentes a no ejercer violencia.
Debe enseñarles también a reconocer la violencia, rechazarla y pedir ayuda cuando sean testigos de ella.
Pero ¿qué ocurre cuando un adolescente se atreve a pedir ayuda y la autoridad no escucha, no interviene o minimiza lo sucedido? Cuando los mecanismos de protección fallan, el silencio puede convertirse en un factor de riesgo y la violencia puede escalar hasta consecuencias graves, como las que hoy se investigan en el caso del Liceo Naval.
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¿Qué significa realmente consentimiento?
Uno de los conceptos que necesita mayor educación en la adolescencia es el consentimiento.
Consentir significa aceptar libremente una conducta.
Consentir NO ES:
- Quedarse callado;
- Tener miedo;
- Sentirse presionado;
- Obedecer al grupo;
- Estar bajo intimidación;
- Haber aceptado algo anteriormente;
- Ni sentir que decir “no” puede traer consecuencias.
La educación sobre consentimiento debe ser progresiva, adecuada a la edad y acompañada de educación emocional.
Los adolescentes necesitan aprender que los límites personales existen y deben respetarse. Pero también necesitan límites claros y coherentes en casa. Si establecemos una consecuencia —por ejemplo, retirar temporalmente el celular— y a las pocas horas la levantamos por pena o para evitar conflictos, ¿qué estamos enseñando? Y más importante aún: ¿estamos usando el celular como herramienta de comunicación o simplemente para mantenerlos entretenidos y que no molesten?.
Y necesitan comprender también que respetar límites no es solamente una obligación legal.
Es una habilidad interpersonal fundamental.
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El silencio de los espectadores también necesita atención
En una situación de violencia, solemos pensar en dos protagonistas:
1 y 2. quien agrede y quien es agredido.
Pero existe un tercer grupo:
3. quienes observan.
Son los compañeros que saben.
Los que escuchan comentarios.
Los que reciben mensajes.
Los que ven situaciones incómodas y no hacen nada.
Los que sospechan que algo no está bien y lo evaden.
Y muchas veces son precisamente ellos quienes pueden activar una señal de alarma.
Por eso, una estrategia moderna de prevención escolar debe formar observadores activos, capaces de:
- Reconocer una situación de riesgo;
- No reforzar la conducta violenta;
- Buscar ayuda de un adulto;
- Acompañar a quien podría estar siendo afectado; y
- Utilizar los canales institucionales de protección, como el portal SíseVe del Ministerio de Educación, para reportar situaciones de violencia escolar y facilitar su atención y seguimiento.
Pedir ayuda no es “acusar”.
Pedir ayuda puede ser una forma de proteger, puede ser una forma de evitar una consecuencia mucho más grave e incluso mortal.
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Cuando una víctima es un adolescente: el trauma no termina cuando termina el hecho
Una experiencia de violencia sexual puede afectar profundamente la sensación de seguridad y generar diversas respuestas emocionales y psicológicas. En algunos casos pueden aparecer síntomas relacionados con trauma, cuya intensidad y duración varían de una persona a otra.
Las consecuencias psicológicas no necesariamente aparecen inmediatamente.
Pueden manifestarse mediante:
- Ansiedad;
- Miedo;
- Alteraciones del sueño;
- Aislamiento;
- Irritabilidad;
- Dificultades de concentración;
- Descenso del rendimiento académico;
- Vergüenza;
- Culpa;
- Dificultades para confiar;
- Cambios en las relaciones sociales;
- Síntomas relacionados con trauma; o
- Rechazo a regresar al entorno donde ocurrió el acontecimiento.
No todas las personas reaccionan de la misma manera e incluso pueden tener secuelas en el tiempo.
Y una reacción aparentemente tranquila no significa necesariamente ausencia de impacto psicológico.
Por eso, la evaluación debe ser realizada por profesionales especializados, serios y respetando los tiempos de la persona afectada.
La revictimización también puede producir daño
Después de una denuncia de violencia sexual, la víctima puede verse sometida a una segunda experiencia de sufrimiento.
Puede ocurrir cuando:
- Se cuestiona constantemente su relato;
- Se le responsabiliza por lo ocurrido;
- Se difunden rumores;
- Se comparte información privada como sus datos personales como lo ocurrido en un medio de televisión de señal abierta donde millones de personas lo vieron.
- Se le obliga a repetir innecesariamente los acontecimientos;
- Se le expone públicamente; o
- Se convierte su experiencia en un espectáculo mediático.
Por eso es fundamental proteger su identidad y privacidad, especialmente cuando se trata de un menor de edad.
La persona afectada necesita protección, NO sobreexposición y menos por parte de los padres o medios.
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¿Y qué pasa con los adolescentes investigados?
Esta pregunta también merece una respuesta desde la salud mental y la psicología clínica.
Un adolescente investigado por una conducta grave necesita que se respeten sus derechos, nos guste o no, y, cuando corresponda, una evaluación psicológica y sociofamiliar profesional.
Esto puede permitir comprender:
- Su funcionamiento emocional;
- Sus relaciones con los pares;
- Su comprensión de los límites;
- Sus habilidades sociales;
- Su manejo de la frustración;
- Su relación con la autoridad;
- Su exposición a modelos de violencia; y
- Otros factores individuales, trastornos y contextos relevantes.
Pero existe una distinción fundamental:
Comprender una conducta NO significa justificarla.
La psicología clínica, NO está para reemplazar a la justicia.
Su función es aportar comprensión científica, evaluación clínica e intervención para reducir riesgos y favorecer cambios.
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¿Qué papel tienen las familias?
La prevención de la violencia comienza mucho antes de que un adolescente llegue al colegio. Se imaginan ¿Cuántos casos de abusos existen desde los nidos, guarderías, primaria? y en muchos casos son de personas cercanas a la familia, en la que los padres NO hacen nada porque o es un hermano, o es un tio, o es un familiar, o simplemente dejan de tener contacto.
En casa se aprenden, entre otras cosas:
- Valores
- Cómo expresar la rabia,
- Reconocer Emociones.
- Cómo resolver conflictos,
- Cómo respetar límites,
- Cómo relacionarse con personas diferentes,
- Cómo pedir ayuda,
- Cómo responder cuando alguien dice “NO”.
Esto no significa responsabilizar automáticamente a los padres por las conductas de sus hijos, pero si cargan con un alto porcentaje de responsabilidad.
La conducta adolescente es resultado de múltiples factores individuales, familiares, escolares y sociales.
Pero sí significa reconocer que la familia es uno de los principales espacios de aprendizaje de valores, emocional y relacional.
Los padres necesitan poder conversar con sus hijos sobre temas difíciles e incluso sexualidad, pudor, sin convertir cada conversación en un interrogatorio.
Un adolescente que sabe que puede contarle algo incómodo a su madre, padre o cuidador tiene una vía adicional de protección.
Pero si esa madre, padre o cuidador trabaja, tiene ocupado su tiempo en el gimnasio, reuniones con amigos, salidas, viajes y deja abandonado a esos chicos: ¿se imaginan lo que sienten y lo que pasará? acaso ¿no buscarán refugio en un grupo de personas por ser aceptados o incluídos?
Muchos de los padres y madres NO tienen ni idea que el entorno donde crece y con quien crece el adolescente puede ser el causante directo que un adolescente que un adolescente desarrolle distintos trastornos.
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El colegio también educa en salud mental
Durante mucho tiempo hemos entendido la escuela principalmente como un lugar para aprender matemáticas, comunicación, ciencias e historia.
Pero un colegio también es un espacio donde los adolescentes aprenden a convivir. Tenemos colegios con psicólogos educativos que si hacen su trabajo y otros que no lo hacen por decir poco.
En el Colegio los chicos Aprenden:
- Cómo relacionarse, cómo socializar;
- Cómo manejar conflictos;
- Cómo expresar emociones;
- Cómo respetar diferencias;
- Cómo establecer límites;
- Cómo reaccionar frente a una injusticia;
- Cómo pedir ayuda; y
- Deberían aprender el respeto a la Autoridad, algo que involucra a muchos padres de familia que no respetan la autoridad de quienes dirigen los colegios.
Por eso, la salud mental escolar no puede aparecer únicamente después de una crisis.
Debe estar integrada en la vida cotidiana de la comunidad educativa.
¿Qué debería hacer un colegio para prevenir la violencia?
Una estrategia integral debería incluir al menos ocho componentes.
1. Detectar señales de alerta
Cambios importantes de comportamiento, aislamiento, amenazas, hostigamiento, agresividad, intimidación o conflictos repetitivos deben ser tomados en serio.
2. Crear canales seguros de comunicación
Los estudiantes deben saber exactamente:
a quién acudir, cómo hacerlo y qué ocurrirá después.
3. Capacitar a docentes
Los profesores y tutores necesitan herramientas para identificar señales de violencia y activar correctamente los protocolos.
4. Trabajar con los espectadores
El estudiante que observa una situación de violencia también necesita saber qué hacer.
5. Educación socioemocional
Regular emociones, tolerar frustración, resolver conflictos, desarrollar empatía y establecer límites son habilidades que también se enseñan.
6. Educación sobre consentimiento y relaciones saludables
La educación sexual debe incorporar aspectos emocionales, relacionales y de prevención de violencia, de acuerdo con la edad.
7. Trabajo con familias de forma continua
Familias y colegios deben compartir información y estrategias de prevención con talleres semanales o quincenales, pero no dos o tres al año. La escuela de padres la hacen de forma obligatoria una vez al año y encima el 50% de los padres no asiste.
8. Atención psicológica especializada
Cuando existe una situación de violencia, el acompañamiento psicológico debe ser oportuno, confidencial y adaptado a las necesidades del adolescente.
Cuando hablamos de violencia, no sólo hablamos de que una persona agrede a otra, sino también hablamos de que una persona se agrede o autoinfringe, autolesiona, asímisma y los padres no tienen ni idea, muchos se enteran ya cuando el chico o intentó suicidarse o estuvo a punto de morir al ingerir drogas o pastillas.
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La salud mental escolar no puede ser un servicio de emergencia
Esta es quizás una de las reflexiones más importantes que debemos hacer como sociedad.
No deberíamos hablar de psicología escolar únicamente cuando ocurre:
- Una agresión;
- Un intento de suicidio;
- Un caso de bullying;
- Una denuncia sexual;
- Una crisis de ansiedad; o
- Una tragedia.
La salud mental debería formar parte de la prevención cotidiana.
No esperamos que una persona tenga una enfermedad física grave para enseñarle hábitos saludables.
De la misma manera, no deberíamos esperar a que ocurra una crisis para comenzar a educar emocionalmente a nuestros adolescentes.
NO DEBEMOS SER INSENSIBLES ANTE CUALQUIER TIPO DE VIOLENCIA Y A CUALQUIER PERSONA. ESTO DEBE PARAR YA!
Perú necesita fortalecer la prevención
La violencia escolar no es un problema exclusivo de un colegio, una familia o un grupo determinado.
Es un fenómeno social que requiere una respuesta coordinada entre:
Familias + Colegios + Profesionales de salud mental + Autoridades Educativas + Sistema de Protección + Sociedad.
Los reportes de violencia registrados en el sistema SíseVe muestran que la violencia sexual entre estudiantes constituye un problema que requiere atención preventiva y mecanismos eficaces de detección y protección.
Estos registros son reportes de presuntos hechos y no equivalen automáticamente a casos judicialmente comprobados. Sin embargo, sí constituyen una señal relevante para fortalecer las políticas de prevención, convivencia y salud mental escolar.
No necesitamos colegios con más miedo. Necesitamos colegios con más herramientas.
Frente a una noticia como la del Liceo Naval, la reacción social puede dividirse rápidamente entre quienes exigen castigo y quienes buscan explicaciones.
La psicología puede aportar algo adicional:
- Prevención.
- Necesitamos adolescentes que sepan reconocer una conducta violenta.
- Docentes que sepan detectar señales de alerta.
- Padres que sepan escuchar.
- Instituciones que sepan actuar.
- Profesionales preparados para intervenir, y
- Comunidades educativas donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.
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Una pregunta que debemos hacernos como sociedad
Más allá de la investigación específica del caso del Liceo Naval, existe una pregunta que debería interpelarnos a todos:
¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos sobre el poder, el respeto, los límites, la sexualidad y la violencia?
Porque prevenir la violencia sexual no comienza cuando ocurre una denuncia.
Comienza mucho antes.
Comienza cuando enseñamos a un niño que su cuerpo merece respeto.
Cuando enseñamos a un adolescente que un “no” debe ser respetado.
Cuando enseñamos que la presión del grupo no convierte una conducta incorrecta en correcta.
Cuando enseñamos que pedir ayuda es un acto de valentía.
Y cuando construimos colegios donde los estudiantes sepan que ser escuchados y protegidos es parte de su derecho.
Desde Mi Confidente: Prevenir También es Cuidar
En Mi Confidente® entendemos la salud mental como una dimensión que involucra a la persona, su familia y su entorno social.
La prevención de la violencia requiere trabajar no solamente con quien ha sido afectado, sino también con las dinámicas familiares, escolares y sociales que pueden favorecer situaciones de riesgo.
La psicología clínica puede contribuir a:
evaluar, acompañar, intervenir y prevenir.
Porque una comunidad emocionalmente saludable no es aquella donde nunca existen conflictos.
Es aquella que cuenta con las herramientas para reconocerlos, hablar de ellos y actuar oportunamente.
Si eres padre, madre, docente o parte de una comunidad educativa y te preocupa una situación de violencia, bullying, acoso o comportamiento sexual inapropiado, buscar orientación profesional puede ser un primer paso.
Hablar a tiempo también es prevenir.
QUIERES DENUNCIAR ABUSOS EN EL COLEGIO ESTA ES LA PÁGINA DEL MINISTERIO DE EDUCACIÓN:
https://siseve.minedu.gob.pe/web
Mi Confidente®
Psicología Clínica, Salud mental y Bienestar para Personas, Familias, Parejas y Empresas.
*Este contenido tiene finalidad educativa y de sensibilización. No constituye un diagnóstico psicológico, una pericia ni una determinación de responsabilidad respecto de las personas involucradas en el caso del Liceo Naval. Las responsabilidades jurídicas corresponden a las autoridades competentes.
@miconfidente_peru Parte 2/2 #Psicologos #melisaparedes #gatoactivador #miconfidente💖🤍 #saludmental ♬ sonido original - Mi confidente
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